lunes, 2 de mayo de 2016

Bad Things Epílogo



Bad Things

Historia escrita por Ebrume


Epílogo

Edward POV

Dos años después…

Me paré en el quicio de la puerta observando cómo se movía, sus caderas siguiendo el ritmo de la música con cadencia casi hipnótica. Sonreí al recordar la primera vez que la vi bailar en el bar.

—No se aceptan mirones. —Me alzó una ceja a través del espejo del baño.

—Entonces no me quedará más remedio que participar —dije poniéndome a su espalda y siguiendo el ritmo con ella.

Su sonrisa se amplió y besé su cuello.

—¿Has hablado con Renée? —pregunté a sabiendas de que así había sido.

—Sí, ayer nos felicitamos las fiestas por adelantado. Va a cenar con sus compañeros de teatro. ¿Sabías que Sebastian va a ir? Creo que se cuece algo entre ellos —comentó frunciendo el ceño.

—Algo me habías dicho. Es genial que se dé otra oportunidad y Sebastian parece un buen hombre.

—Es soltero, ese es un buen comienzo. —Se mordió los labios, de repente culpable.

—Estoy seguro de que hasta ella misma lo piensa.

—Solo… me parece bien… mejor que empiece una relación. —Se giró para mirarme a los ojos—. Es la pieza que falta en su rompecabezas para sellar su historia con Charlie. No pretendía ser mezquina.

—Y no lo has sido. Dado su historial el comentario es aceptable, aunque no en su presencia. —Bajé la cabeza hasta estar a su altura y la hice sonreír. Me abrazó enroscando los brazos alrededor de mi cuello y enredando sus dedos en mi pelo.

—Me encantaría que pudiese venir —susurró—. Compartir esto con ella. Sé que hablamos por teléfono pero… —Su voz se estranguló en ese ya tan conocido nudo de emoción—. No es suficiente, la necesito conmigo, esto se vive y…

—Se siente —continué por ella, acariciándole el vientre, mientras sus primeras lágrimas se derramaban—. Pero hoy es un día para celebrar, todos estarán esperándonos y tu madre inicia ese nuevo comienzo que tanto necesitaba.

Me apretó más fuerte entre sus brazos y le devolví el gesto. Me susurró un gracias y se limpió las lágrimas en mi camisa haciéndonos reír a los dos.

Me echó del baño para terminar de arreglarse, mientras yo buscaba otra camisa que ponerme.

Tras la muerte de Charlie habíamos superado la fase de la tristeza, de duelo. No había llegado a la depresión pero para ella no solo era superar la pérdida de un ser querido. Era perdonarse a sí misma por haberlo dejado voluntariamente hasta que casi fue demasiado tarde. Pero los días negros y grises fueron dejando paso a días despejados, a pesar de la casi constante lluvia de Forks.

Estos momentos de tristeza habían vuelto hacía pocos meses, Rosalie me dijo que era normal. Las hormonas y los cambios a los que se enfrentaba. Pero yo no dejaba de intentar que sonriese al menos una vez al día. Ella canalizaba esos nubarrones escribiendo. Escribiendo sobre su padre, su relación y, en ocasiones, cartas a su padre. Una especie de diario en el que descargaba todas sus emociones y que resultó ser catártico.

Cuando salió del baño lucía esa preciosa sonrisa de nuevo y no pude evitar cogerla con cuidado en mis brazos y darle una vuelta.

Había comprobado el móvil antes de salir de casa, un mensaje de Paul contándome que todo iba según lo previsto. Pero aún así estaba nervioso. La miré en el asiento del copiloto y apreté la mano que le sujetaba, ella llevaba en el regazo la tarta de calabaza que tantos quebraderos nos había dado.

—Edward. —Su tono de pánico hizo que volara hacia la cocina—. Nos falta la esencia de vainilla —declaró incluso antes de que llegase hasta ella. Había formado un puchero y podía ver que los ojos se le empezaban a humedecer.

—No te preocupes, ahora mismo voy a buscarla. El Thriftway aún está abierto —contesté echando una mirada al reloj. La abracé y me besó rápidamente antes de volver a girarse para seguir con esa actividad frenética de mezclar, batir y preparar todo a la espera del ansiado ingrediente.

El aparcamiento atestado me dio una idea previa de lo abarrotado que estaría el supermercado con compras de última hora. Ayer habíamos ido a comprar todo lo necesario, precisamente para evitar esto. Pero eso nos pasaba por no hacer una lista.

Saludé brevemente al entrar y paseé por el pasillo de los postres y dulces totalmente perdido. Se suponía que la esencia de vainilla estaría en un botecito de cristal, ¿no?

No había ningún dependiente cerca, estando todos cobrando en las cajas o atendiendo en las secciones. Cuando la señora Cope se acercó “casualmente” a preguntarme si necesitaba ayuda fue la primera vez que me alegré sinceramente de encontrarme a la mujer. Me tendió la vainilla en cuanto acabé de pronunciar la última sílaba. Tras agradecérselo y contestar educada y evasivamente a su batería de preguntas, me dirigí a caja.

Bella todavía estaba limpiando la calabaza cuando le llevé el crucial ingrediente y fue ahí cuando conseguí su sonrisa del día.

Llevábamos varios años celebrando juntos esta fiesta. Eran días en los que era casi imposible coger un avión y en los que el mal tiempo nos había jugado más de una mala pasada. Así fue como la pandilla empezó a juntarse para celebrar Acción de Gracias.

Este año Angela y Ben se habían encargado de preparar el bar, juntando las mesas hasta conseguir una que nos abarcase a todos y aportando otro postre. Rosalie y Emmett, aunque estaba malditamente convencido de que había sido todo obra de Rose, traían el pavo y el delicioso relleno de arándanos que era especialidad de la familia Hale. Y nosotros la famosa tarta de calabaza y la bebida. ¿Qué era Acción de Gracias sin un poco de alcohol?

Al aparcar el coche Bella me tendió la tarta y salió despedida hacia el local. Cuando entré la vi arrodillada en el suelo con Lily, haciéndole cosquillas. Las dos reían audiblemente. Saludé a Ben y a Emmett pero mi mirada volvía maravillada a ella. Las chicas habían hecho un corrillo y ahora todas jugaban con la pequeña.

—Lily las tiene conquistadas. —Le sonreí a Emmett.

—Tiene el mismo atractivo que su padre —declaró engreído.

—Rose podría haberte engañado y nunca te darías cuenta. —Ben le palmeó la espalda—. Es una mini-Rose.

Los tres nos quedamos embobados unos instantes viéndolas jugar, escenificando personajes, antes de ir hacia la mesa de billar. En la tele de fondo estaba el desfile de Nueva York con esos globos gigantes que, de vez en cuando, captaban la atención de la niña.

—¿Llegarán a tiempo? —me susurró Emmett en una jugada.

Ambos sabían la sorpresa que tenía planeada. Mis miradas nerviosas hacia la puerta y la comprobación casi constante del móvil no me ayudaban mucho a disimular.

—Han aterrizado hace poco más de una hora —bisbiseé—. Deberían estar al caer.

Poco después unos faros iluminaron el bar al girar en el estacionamiento.

—Todo el pueblo sabe que hoy no abrimos, ¿quién podrá ser? —Bella se acercó a la ventana y ojeó por el cristal.

Me di cuenta de que los había reconocido cuando sus ojos se empezaron a aguar. Se giró para buscarme pero estaba justo ahí, a su espalda. Me abrazó fuerte con una sonrisa y lágrimas bañándole las mejillas.

—Te quiero —musitó entre sus labios antes de besarme.

Juntos, agarrados de la mano, abrimos la puerta y dimos la bienvenida a su familia. Saludó a Chloe y a Paul. Ian y Lisa ya tenían casi ocho años y entre los dos abarcaron la prominente barriga de su tía. Pero fue Renée la que se quedó anclada entre los brazos de Bella. Ambas llorando de alegría.

Intentamos darles privacidad y nos dirigimos hacia la mesa pero Bella me sujetó por la camisa. Besó a su madre y luego a mi.

—Gracias —Se dirigía a ambos.

Nos envolvió en un fuerte abrazo que rompió Carla con una pequeña patada.


Y hasta aquí esta historia. Espero de corazón que os haya gustado. Yo aún sigo sin creerme que haya escrito algo tan largo y no niego que me da pena dejarlo aquí.

Gracias a todas aquellas que me apoyaron desde el principio e insistieron para que no lo dejase en un OS y lo ampliara a un long-fic. Me disculpo por el largo periodo de hiatus que sé que han hecho perder el interés a más de una.

Gracias a todas aquellas que han leído y comentado, que me han impulsado con sus palabras. Pero gracias especialmente a DraBSwan, por estar ahí conmigo a cada paso del camino, por emocionarme con sus opiniones sobre los capis y tener confianza en mí cuando yo no la tenía. Gracias también a May Blacksmith por apoyarme y dejarme un hueco en su blog, dejando así que mis historias sean leídas también fuera de ff.

Y sé que no lo leerá pero gracias también a mi querida Panchi. La idea de este fic surgió a través de la canción que abría esa serie que ambas solíamos ver y comentar sin falta cada semana. Le dediqué el primer capítulo y también le dedico este último (cerramos el ciclo).

Hasta la próxima.

Ebrume.


Bad Things Capítulo 13



Bad Things

Historia escrita por Ebrume


Capítulo 13: Outtake Bella & Edward

—Hooolaaa —canturreé mientras entraba, dejando mis llaves al lado de las suyas y mi chaqueta en el respaldo del sofá.

No recibí ninguna respuesta, pero podía escuchar los suaves acordes de la música clásica provenientes de algún lugar de la casa. Probablemente estaría en el cuarto oscuro, llevaba más de una semana quejándose por su falta de tiempo para revelar las últimas fotos que había sacado.

En esto solía ser muy impaciente y, por lo general, al día siguiente de tomar la fotografía ya la tenía colgada con una pinza secándose tras el revelado. Pero el trabajo había sido implacable este último tiempo y no se lo había permitido.

Llamé a la puerta con dos golpes suaves que sabía que escucharía, y no pude evitar sonreír al verlo con el pelo revuelto y cara de entusiasmo. Me besó.

—Pasa, ya estoy terminando. —Me escoltó y cerró la puerta, haciendo que únicamente quedásemos iluminados por una tenue luz rojiza.

Edward me había contado que no le gustaba el revelado comercial y que a pesar de que era más rápido y barato, él prefería tomarse su tiempo y revelar las fotos de manera tradicional. Probablemente venía derivado de toda su pasión por los detalles. Pero el resultado era magnífico, así que no tenía nada que objetar.

Nos acercamos a la zona de revelado, pasando por una cortina y allí estaban, probablemente unas cien fotos todas colgadas de cuerdas que estaban montadas a modo de tendal.

—Ya solo falta que se sequen. Estaba recogiendo lo demás.

Podía ver que ya tenía limpias parte de las cubetas, las pinzas en su lugar y el papel fotográfico estaba ordenado a un lado. Si pensaba que era pulcro con su casa, eso no era nada comparado con su pequeño «estudio de fotografía». Siempre señalaba lo importante que era poder encontrar las cosas cuando las necesitaba.

—¿Quieres que te ayude?

—No, no te preocupes. Echa un vistazo si quieres.

Me paseé por el cuarto siguiendo las hileras de fotos. Algunas eran de pequeñas excursiones que habíamos hecho, otras simplemente eran tomas del jardín, del río bajo la casa o de la calle principal. Pero al final del tramo me sorprendió encontrar unas cuantas fotos mías. Sabía que me las había sacado, pero ya no me acordaba de ellas.

Había sido hacía un par de semanas, cuando habíamos ido a Mora, el día había sido espléndido y al contrario de lo que había pensado en aquel entonces solo en una de ellas se me veía de cuerpo entero, el resto eran retratos, todos en blanco y negro. Y la última… simplemente en ella no podía ocultar lo que sentía por él.

El sol calentaba mi piel, la arena fina y húmeda bajo mis pies. Había colocado la toalla cerca de la orilla a fin de aprovechar la poca brisa proveniente del mar. Nunca había imaginado que Forks podía ser tan cálido. Pero este día de verano no tenía nada que envidiar a los estados situados más al sur, donde se presumía de un tiempo maravilloso.

Aunque no era la primera vez que sacaba el bikini del armario, era una de las pocas ocasiones en las que no necesitaba ponerme una camiseta para protegerme del fresco.

Estar lo más cerca posible del agua era una necesidad para no morir de un golpe de calor. Aun así, no estaba tan loca como para meterme en el agua helada. Esa era una temperatura infernal en cualquier época del año y de momento la hipotermia no era algo que entrase en mis planes.

Rodillas flexionadas e incorporada sobre mis manos, con la cabeza hacia atrás y los ojos cerrados disfrutando de la sensación de los cálidos rayos del sol sobre mi piel y… el sonido de un obturador me hizo fruncir el ceño y abrir los ojos.

Allí estaba Edward todo sonriente detrás de su cámara y seguía tomando fotos, a pesar de que sabía perfectamente que a mí no me gustaba salir en ellas.

—Edward —comencé a protestar.

—Solo unas pocas, por favor. —Alcé una ceja—. Solo haz como si no estuviera, la luz es perfecta.

—Está bien, pero nada de fotos para tu fondo masturbatorio. —Le dije con una sonrisa.

—Hace mucho que no necesito de eso —dijo mirándome por encima de la cámara— y tú eres responsable de ello.

Nos sonreímos como idiotas y él siguió haciendo fotos. Así que me relajé, cerré los ojos e ignoré el sonido de la cámara.

—Hermosa —susurró, se encontraba a mi otro lado, había estado sacando cada ángulo posible, y no pude evitar abrir los ojos e invitarle con la mirada.

—Baja aquí y bésame —le dije extendiendo la mano. Y lo hizo, se arrodilló y nos besamos larga y profundamente.

Sus manos en mi cintura me devolvieron al presente.

—Eres una gran modelo. —Me besó el pelo.

—No me había dado cuenta de que la habías sacado —dije señalando la única de cuerpo entero.

—Probablemente no estaba lo suficientemente cerca para que me escucharas.

—Son buenas y me gusta el toque en blanco y negro, las hace más...

—¿Reveladoras? —me ayudó.

—Sí, es como si pudieses tocar más allá de la imagen que hay en superficie. —Levanté la mano hasta casi rozar el papel, como si en realidad pudiese alcanzar aquello que solo se podía intuir.

—Qué puedo decir… Sé que hay mucho más debajo de lo que se ve —sostuvo un mechón de mi pelo— y quizás solo intentaba llegar a ello.

Me acurruqué más contra él y seguimos la hilera de imágenes, deteniéndonos en aquella que había tomado justo antes del beso. Esa sí era reveladora.

—Esta última es mi preferida —acarició mi vientre e hizo el abrazo más estrecho—, en ella dejas ver tu alma y lo que sientes.

Y así era, mi mirada dejaba ver todo lo que había detrás: amor, pasión, amistad…

—¿Acaso necesitabas una prueba?

—Solo un recordatorio para cuando no estás conmigo —contestó juguetón.

Me giré, enlazando mis manos tras su nuca.

—Eres. Adorable. Y. Terriblemente. Empalagoso —le contesté entre besos mientras lo dirigía fuera del cuarto hacia su habitación— ¿Dónde dejaste al Edward mujeriego? ¿Y tu lado canalla?

—No había sitio para ellos desde que te conocí.

Y a quién quería engañar, me había ganado totalmente. Me abalancé sobre él y caímos juntos sobre el colchón.

Este outtake lo escribí casi al principio de la historia, como intuiréis Bella todavía no vivía con Edward. Espero que os haya gustado, el siguiente ya es el epílogo.

Muchas gracias a DraBSwan por su paciencia y sus consejos; y a May Blacksmith por dejarme un hueco en su blog.

Nos leemos.

Ebrume


martes, 26 de abril de 2016

Bad Things Capítulo 12




Bad Things

Historia escrita por Ebrume.

Capítulo 12

La antesala enmoquetada era anodina, colores tostados y pálidos inundaban el lugar haciendo que los detalles se desdibujasen, excepto por un par de coronas de flores que custodiaban la puerta.

El último paso.

Tomé la mano de Edward y recibí un ligero apretón.

Cruzamos aquella puerta con él rodeándome la cintura, reconfortándome. Mi intención era permanecer en segundo plano, evitar llamar la atención. No era necesario que Lucy y su familia se percatasen de nosotros.

Pero tan pronto como pusimos un pie dentro me vi rodeada y embriagada por el olor de mi niñez. Mi madre me abrazaba con fuerza, llorando contra mi pecho. No me había dado cuenta hasta ese momento de que yo era ligeramente más alta. No tardé un segundo en devolverle el abrazo, intentando retener las lágrimas en una batalla corta que ellas, sin duda, ganaron.

Cuando abrí los ojos, ambas estábamos recuperando la compostura, aunque los suaves sollozos se escapaban sin remedio. Me acarició la cara, apartándome el pelo y colocándolo suavemente tras mis orejas. El gesto maternal no pudo más que agrandar el nudo que atenazaba mi garganta. Era la primera vez en mucho tiempo que no veía nada más detrás de su mirada, el viejo rencor no estaba. No sabía si era por el momento en el que estábamos o si esto tendría vuelta atrás y me encontré deseando que fuese algo permanente. Le sonreí débilmente y le besé la mejilla. Me estrechó una vez más entre sus brazos y me dejó ir.

Edward la saludó y yo me enfrenté a la habitación. Estaba presidida por un ataúd cerrado y un puñado de gente estaba allí congregada, algunos sentados y otros simplemente de pie, mostrando su apoyo.

Antes de poder detenerme estaba delante de aquella pieza de madera que en pocos minutos se iba a fusionar con mi padre para siempre. Ambos se convertirían en pequeñas partículas, ceniza, polvo. Pasé lentamente mi mano por la tapa, notando el acabado suave del barniz. Este iba a ser mi adiós, sin poder tocarle una vez más, sin poder verle o… Con ambas manos acaricié la superficie una última vez, mandando una silenciosa plegaria y una despedida.

Al girarme Paul estaba allí, dejándome mi espacio. Me acerqué sin dudarlo y le abracé.

—Lo siento mucho —susurré en su oído.

—Es la pérdida de ambos. —Me abrazó un poco más fuerte antes de dejarme ir.

Me di cuenta de que sus ojos estaban rojos y las oscuras ojeras demostraban el poco descanso que había tenido. Hablamos poco y en voz baja. Allí nadie elevaba la voz. Nunca había ido a un velatorio, pero no distaba mucho de lo que me imaginaba. Aunque al principio me sorprendió ver que, en su mayoría, la gente charlaba sobre cosas triviales. Lo que al principio podría haber considerado una falta de respeto, lo acabé identificando como una forma de enfrentarse al dolor. Una distracción que familiares y amigos necesitaban para, por unos pocos minutos, centrarse en algo más que en la muerte.

Un chico alto y de ojos claros se acercó para llamar a Paul.

—Mamá pregunta por ti —le dijo indicando con la mano hacia ella.

—Dile que voy enseguida. —Se dirigió a mí en cuanto se alejó de nosotros. Se dio cuenta de que lo seguía con la mirada—. Chris es el tercero. Bueno, el cuarto. —Nuestros ojos se cruzaron y quedó claro que yo era la tercera hermana.

Volví a mirar a aquel chico al que no debería llevarle más de tres o cuatro años y apenas escuché la despedida murmurada de Paul. Se inclinaba para hablar con Lucy, ella era inconfundible para mí. Había fijado su rostro en mi mente aquella única vez que la había visto. No había reparado en ella al entrar, estaba sentada y rodeada de gente que se inclinaba para darle el pésame.

Me acerqué a Renée y a Edward y nos sentamos al otro lado de la sala. Mi madre sentada en la orilla de su silla, buscando el continuo contacto conmigo. No hablamos de lo que este acercamiento suponía para ambas, sabíamos que este no era el momento. Además parte de mí temía que fuese algo de unas cuantas horas, hasta que la ceremonia terminase.

Mientras ambos seguían con la rutina del velatorio buscando temas sin importancia, yo escuchaba a medias, sin poder apartar la mirada de Lucy y su familia. Parte de ellos también mi familia. ¿Nadie se preguntaba quiénes éramos? Paul debía haberlo arreglado.

Parte de mí sintió lástima por él, por tener que llevar sobre los hombros el más oscuro secreto de su padre y no poder pararse a descansar o a llorarle sin atar bien todos los cabos sueltos que mi madre y yo representábamos.

—¿Quiénes creen que somos? —Mi voz ronca hizo sonar el murmullo como un reproche. Renée suspiró, cansada, vencida. Tampoco era fácil para ella, había llegado al final del camino y se había encontrado con un enorme muro. La realidad más allá de sus cuatro paredes donde ella seguía siendo esposa de Charlie, donde ella tenía su puesto sin dudas, sin cuestiones. Y ahora…

—Somos unas primas de Charlie. —Apretó mi muslo y me pidió comprensión con una mirada triste—. Estaba muy unida a él en la niñez y hasta la muerte de nuestros respectivos padres.

La voz se le había estrangulado ante la mención de la muerte, como si decirlo tan cerca del cuerpo de mi padre hiciese más real la pérdida. Le pasé el brazo sobre los hombros y la atraje en un breve abrazo. Paul no podía eludir su promesa y tenía que mantener los secretos incluso en estos momentos, pero mi madre… ella ni siquiera podía llorar al hombre de su vida libremente.

La sentí temblar entre mis brazos y sus lágrimas empaparon mi hombro.

—Estoy aquí —pronuncié estrangulada. Nadie nos garantizaba nada. Teníamos el ahora y, a pesar de todos los reproches que había cargado sobre sus espaldas, era consciente de las partes difíciles y duras que tenían… tenía que afrontar—. Te quiero, mamá.

Las palabras brotaron de mis labios haciéndome sentir ligera dentro de toda aquella tristeza. Ella lloró más fuerte, besó mi mejilla y mientras me borraba el carmín me correspondió con un “y yo a ti” que me calentó por dentro.

Nos sonreímos temblorosas y, abrazadas, miramos hacia el centro de la sala, a aquel lugar donde Charlie descansaba.

Habían pasado por mi cabeza preguntas, como si de verdad se habían creído la historia, o por qué nadie venía a hablar con nosotros. Pero todas esas cuestiones dejaron de tener importancia.

El sacerdote entró en la sala. Rezó por el alma del difunto y con agua bendita indicó el momento en el que los portadores llevarían el ataúd a la sala crematoria. Solo la familia directa podía asistir. Así que esperamos en aquella habitación hasta que, en una urna, nos lo trajesen de vuelta.

El paseo hasta el cementerio fue breve y silencioso. Colocaron la urna en el nicho y antes de taparlo con la lápida pronunciamos una nueva oración. La losa estaba sin tallar, Renée me había dicho que en dos días le pondrían la definitiva. Me alejé de Edward ligeramente y observé a mi alrededor más allá de las caras tristes y las flores; y me maravillé del césped verde, los frondosos árboles y el pequeño lago. A Charlie le gustaba la naturaleza, sin duda le habría gustado este cementerio.

.
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La muerte de Charlie abrió una nueva ventana en mi vida, una que compensaba aquella puerta que yo había cerrado hacía tanto tiempo. Cuando nos fuimos de Evansville dos días después, no solo me traje a Edward conmigo, también vinieron en el pequeño equipaje que llevaba, un conato de relación real con mi madre y el inicio de una amistad con mi hermano mayor.

“Hermano mayor” seguía sonando raro.

Renée experimentó un cambio general, creí que seguiría siendo esa mujer doliente que se lamentaba constantemente por su mala suerte. Que la pérdida de papá haría que se hundiese más en la autocompasión. Pero, sorprendentemente, sacó una vena luchadora que yo desconocía.

Por fin tomó las riendas de su vida, puso a la venta la casa de mi niñez —la que la ataba a todos esos recuerdos— y se fue a un apartamento de alquiler en el centro. Al principio me pareció una locura, no pensé que estuviese superándolo, creí que había perdido el norte por completo. Sin embargo, estaba empezando a vivir después de tantos años atada a una realidad que no le pertenecía.

Se deshizo del coche, ya que ahora no lo necesitaba para llegar al trabajo e ingresó en una compañía de teatro para aficionados. Era feliz interpretando obras clásicas para un público pequeño. No gastaba en exceso, aunque ya no se moderaba tanto como antes. La Renée austera había desaparecido, como nos demostró un tiempo después viniendo a vernos.

Paul y su pequeña familia se convirtieron en una constante en nuestras vidas. Llegué a conocer a Chloe, y los pequeños me llamaban tía. Aunque no nos veíamos muy a menudo, las nuevas tecnologías sin duda facilitaban el contacto.

Tardé menos de lo que esperaba en sentirme “bien”, en regresar a la normalidad. En cierto modo, me ayudó que en Forks solo Edward supiese el drama que había sido mi vida familiar. Porque a pesar del rechazo que había mantenido durante tanto tiempo, al final había vuelto a abrir el corazón a mis padres justo antes de perderlo a él. El que mis amigos entendiesen esa pérdida (la que cualquier hijo experimenta ante un padre que se va) me ayudó y aunque nunca lo olvidé dejé aquel rencor que ya no tenía sentido encerrado en un cajón.

A pesar de mí misma, me sorprendí al sentirme baja tantos días. Edward estuvo apoyándome en ese duelo que meses atrás no habría logrado imaginar. Me encontré emocionándome cuando los pequeños de Paul mencionaban al abuelo durante una videoconferencia y aguantando las lágrimas con los anuncios del día del padre en la televisión.

Edward me sostuvo a cada paso del camino y esta etapa afianzó más nuestra relación. Creo que fue en aquel entonces cuando dimos el paso definitivo del enamoramiento al amor real. Estaba convencida antes, por eso había tomado la decisión de quedarme en Forks y, más tarde, de mudarme con él. Pero aquellos momentos nos llevaron a algo más. Ese cambio en el que no solo te mueves por rutina, sino que te miras después de un beso de buenos días, de un tiempo acurrucados y lo ves todo con nuevos ojos.

Mi vida había dado un cambio completo. Con catorce años solo pensaba en huir, con dieciocho en olvidar de donde venía y, ahora, casi cuatro años después me encontraba por fin cómoda en mi propia piel, en paz con mi pasado y anhelando el futuro.

FIN

Muchas gracias por leer, espero que os haya gustado. Este es el final de la historia, pero aún quedan dos capítulos más, un outtake y el epílogo.

Gracias a Dra. B. Swan por su asistencia y beteo; y a May Blacksmith por dejarme mi rinconcito en su blog.

Nos leemos.

Ebrume.